LA CRUZ DEL APOSTOLADO NOS HACE DISCÍPULOS Y MISIONEROS

INTRODUCCIÓN

De muchas formas, a través de los años y por gracia de Dios, hemos ido penetrando desde diversos enfoques en la profundidad del Símbolo que Dios os regaló a todos aquellos que vivimos de la herencia espiritual de Conchita, y que se va traduciendo en vivencia, penetración y permanente gratitud. Admiramos en esta visión el conjunto de elementos que se ofrecen a nuestra contemplación y que nos dan como conjunto un mensaje evocador y trascendente.

El símbolo toca todo nuestro ser, nuestra sensibilidad y corazón, nuestra memoria e imaginación, nuestro entendimiento y voluntad.

Vamos a incursionar en este tesoro y a seguir descubriendo vetas que el Espíritu de Dios sigue revelándonos.

La “imagen” de la Cruz del Apostolado ó Cruz sacerdotal genera por sí misma su propio dinamismo que debemos seguir. Su belleza es invitación a la contemplación; puede ser incluso objeto de oración. No podemos encerrar la imagen ni nuestra imagen del símbolo en conceptos abstractos. A través de la mirada somos invitados a contemplar un misterio y entrar en un dinamismo transformante.

La belleza de esta cruz bendita nos hace presente la “gloria de Dios”. Incluso vemos esa Cruz glorificada con las señales nítidas del esplendor de Dios y de su majestad: nubes, fuego y luces.

El símbolo es fruta y también itinerario. Símbolo inagotable del que siempre se puede descubrir nuevas bellezas y encantos divinos.

Así se acercó Dios a su Venerable sierva Concepción Cabrera de Armida y se sigue acercando a nosotros. Es un símbolo que es pedagogía, teología y vida espiritual. Símbolo que impresiona, sugiere y lanza.

La “imagen” posee una energía interior, y por ello contribuye al desarrollo de la vida espiritual y de la evangelización.

Es una imagen que invita, que ilumina situaciones concretas. Ya Jesús decía que, incluso, viendo la Cruz del Apostolado se pueden corregir imágenes erróneas en la manera de representar el misterio trinitario (C.C. 7, 308).

El símbolo, es verdad, no puede expresar a Dios en sí mismo, pero puede delinear el movimiento de la conciencia hacia el mundo divino. Siendo sólo imagen, es desproporcionada a su objeto (Dios), pero posee la inmensa ventaja de suscitar y de guiar el movimiento espiritual.

Se establece una convivencia profunda entre la imagen simbólica y el impulso de la vida que surge incesantemente del centro de la consciencia. Sin duda la imagen nada podría por sí sola pero por suerte encuentra una energía ya presente. Es ésta su función insustituible: “promover y guiar un impulso interior que Dios mismo ha dado” (Bernard).

Así sucede con la Cruz del Apostolado, que se convierte para nosotros en contemplación y compromiso, en impulso y desafío, en un entrar en Dios y en su misterio, y en un salir con Él y con su Espíritu a transformar el mundo. Como decía Bonhoeffer: “Nuestro ser cristiano se reduce hoy a dos cosas: orar y obrar entre los hombres según justicia”. Es decir, el vertical y el horizontal de nuestro empeño cristiano, y que está significado en el Símbolo. Esta cruz nos hace discípulos de Jesús Sacerdote y Víctima, contemplativo y solidario y que entrega la vida y, por el hecho mismo de entrar en esta escuela, nos convierte en discípulos misioneros de la Cruz y del Espíritu Santo.

I. La integridad del símbolo

Lo primero que aparece a la vista al contemplar la Cruz del Apostolado, no son los detalles por ricos que sean, sino el conjunto, es decir, vemos, como de golpe, un hecho englobante y salvífico que nos dice mucho, con sólo encontrarnos con él.

Esta integralidad es evangelio, después ya se puede detener uno en cada aspecto. Pero vamos ahondando en cada uno de los elementos que nos presenta el cuadro divino y nos percatamos de que cada aspecto es envolvente e integrante.

El Padre

Está representado en las nubes crepusculares.

El Espíritu Santo

Es la paloma y luz que desde arriba ilumina la cruz-misterio, el misterio de la cruz gloriosa.

Jesús

Se nos muestra en su amor palpitante (corazón)de Verbo encarnado que asume nuestra historia y nuestra humanidad (cruz); y la transforma con su entrega (misterio pascual).

- Es el misterio trinitario, el AMOR SALVÍFICO de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, explicación del por qué de la salvación y liberación de los hombres.

Es Dios involucrado en nuestra historia que se hace así historia de Dios.

 

Sigamos introduciéndonos en el Símbolo

Nubes y Luz

Significa la fecundidad del Padre (son memoria bíblica)

Luz y Fuego

El Espíritu divino permea la entrega del Hijo e ilumina el misterio.

La Cruz Grande

El hombre: su pecado (personal y social) y su historia.

El Corazón y la Cruz

Jesús asume la humanidad con todas sus consecuencias y transforma todo por su amor solidario (POR ESO EL CORAZÓN ESTÁ EN EL CENTRO DE LA CRUZ).

Lanza y corona de espinas

Significan la pasión dolorosa del Salvador venero de gracia para la Iglesia y el mundo.

La Cruz Pequeña

Es la pasión interna… es lo más propio de Jesús, su entrega existencial, la que nace de su AMOR, de su corazón y sentimientos sacerdotales y que supone la falta de respuesta amorosa por parte del hombre al amor de Dios su Padre y que el Hijo en nombre de todos da el sí de AMOR definitivo y sobreabundante que rescata y santifica todo.

La Cruz Completa

Nos hace ver que están indisolublemente unidos el hombre y Dios, Dios y el hombre en Alianza Nueva, no sólo porque el Verbo encarnado se solidarizó con nosotros, sino porque ese hombre que somos nosotros, que somos todos, está ahí en esa CRUZ, pero una cruz transfigurada, divinizada, transida de gloria, por la involucración trinitaria.

En esta cruz está todo el hombre y todos los hombres, no es un hombre partido y mutilado, no es un quasi-hombre, no es un hombre isla o mónada, es un hombre cuerpo y alma, es un hombre persona en relación, es alguien que está abierto a lo social, es el hombre que camina y peregrina y al mismo tiempo el hombre que anhela la partida. Es el hombre del grito que suscitó el Espíritu de Conchita.

“Jesús Salvador de los hombres, sálvalos”.